madrid is burning

Los humanos de toda tribu y de cualquier tiempo pasado y quiero creer que futuro, acostumbramos a bailar cuando estamos fuera de nosotros, eufóricos, con exaltación infantil. Pero también cuando estamos dentro, ensimismados como derviches giróvagos y orantes. Unas veces bailamos para conectarnos con el otro, seducirlo y fundirnos con él. Y otras para hacerlo umbilicalmente con el mundo, con Dios, o con nosotros mismos si cerramos los ojos y nos hacemos movimiento en el sonido. Y de la misma manera que nos disolvemos en Dios, en el cosmos o en la propia conciencia, podemos, en unos instantes que se hacen eternos, fusionar en el tiempo y hacer verdad alguna nueva ecuación de una física que en realidad es tan vieja como el mundo. Dicen que la fusión fría nos salvará del colapso energético, si llega a tiempo. Hasta entonces no nos queda más que bailar, bailar tanto si estamos rotos como recién cosidos, solos o acompañados, con música o con tan solo el ritmo que nos marca nuestro propio ardor y fusionar en la creación de una energía atómica que no es rosa si no blanca y pura como el amor
de las supernovas por el vacío. Bailemos en suma, porque somos y estamos. Un milagro que no hay que olvidarse nunca de celebrar.
 

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